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Turismo del descarte y las habitaciones vacías.


​La postal se repite en cada fin de semana largo sobre la Ruta 38: un hormiguero de autos, colectivos interurbanos y el clásico paisaje de las sierras cordobesas recortándose al fondo. Sin embargo, detrás del entusiasmo de las gacetillas oficiales que suelen celebrar un presunto "éxito turístico", la realidad económica del Valle de Punilla —y en particular de Capilla del Monte— exhibe las costuras de un modelo de consumo en franca retirada. La paradoja de la época es tan nítida como cruel: las calles desbordan de visitantes, pero las cajas registradoras y las planillas de los hoteles tradicionales permanecen en rojo.


 Las estadísticas de las cámaras del sector no mienten, aunque el discurso oficial intente matizarlas. Mientras el promedio de ocupación en la provincia de Córdoba oscila entre un moderado 60 y 75 por ciento, Capilla del Monte apenas rasguña un techo de entre el 50 y el 65 por ciento en las fechas comerciales más fuertes. Esa brecha, que en la frialdad de los números macroeconómicos parece un detalle de decimales, representa para el pequeño hotelero familiar la delgada línea roja entre la supervivencia y el cierre definitivo.

Por David Fénix

El mito del derrame y el excursionismo "gasolero"

​El fenómeno no responde a una falta de magnetismo del paisaje, sino a un cambio estructural en las condiciones materiales de la población. El ajuste y la pérdida del poder adquisitivo consolidaron la era del "excursionismo de cercanía" o el turismo low cost. El visitante que llega desde Córdoba Capital, Rosario o los cordones industriales de Santa Fe ya no planifica unas vacaciones; ensaya una escapada de supervivencia recreativa.

​"Pasamos el día, subimos al Uritorco, comemos un sándwich que trajimos en la heladerita y nos volvemos", admiten los propios viajeros a la vera de la ruta. La estadía promedio, que en temporadas pasadas promediaba las cuatro noches, se desplomó a apenas dos o, con suerte, una única noche si el factor climático acompaña. El pernocte pasó a ser un lujo suntuario.

​A este escenario de retracción se le suma una marcada fragmentación de clase en el consumo. Aquel sector social que todavía conserva capacidad de gasto y decide quedarse el fin de semana largo ya no elige las estructuras hoteleras tradicionales ubicadas en el casco céntrico. El circuito del dinero concentrado migra hacia la periferia serrana: complejos de cabañas privados o propuestas de glamping con tarifas dolarizadas al pie del cerro o en el entorno exclusivo de Los Terrones. El hotel céntrico, aquel que históricamente sostuvo el empleo local y la dinámica comercial del pueblo, quedó confinado a disputar la clientela de menores recursos, obligándose a una guerra de tarifas y promociones que licúa cualquier margen de rentabilidad.

​Punilla y la atomización de la torta chica

​La situación de Capilla del Monte se inscribe en la lógica que hoy atraviesa a todo el Valle de Punilla. Si bien la región continúa liderando el volumen total de ingresos de personas en la provincia, padece las consecuencias de una oferta sobreexplotada y atomizada. Con miles de plazas disponibles entre hoteles, campings familiares, hosterías y departamentos temporales, la distribución del consumo actual equivale a repartir una torta cada vez más chica en una cantidad de pedazos cada vez mayor.

​El contraste con el Valle de Calamuchita es elocuente. Con una infraestructura más concentrada y orientada a un turismo de mayor poder adquisitivo, la zona de Villa General Belgrano logra capear el temporal con mejores indicadores reales. Punilla, en cambio, ofrece cantidad pero sufre una alarmante degradación en la calidad del pernocte.

​La ilusión de las rutas llenas

​A nivel nacional, el diagnóstico de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) y de los principales observadores del sector confirma que las rutas llenas son una pantalla que oculta la caída del gasto real en términos reales. Salvo aquellos enclaves consolidados por el turismo internacional o la conectividad aérea —como Bariloche, Mendoza o Iguazú—, los destinos que dependen exclusivamente del bolsillo del trabajador argentino sufren el impacto recesivo de manera directa.

​En la provincia mediterránea, la dependencia del calendario se volvió casi absoluta. La hotelería local solo alcanza picos cercanos al 90 por ciento de ocupación cuando los fines de semana largos coinciden con eventos masivos fuertemente subsidiados o festivales populares tradicionales. Fuera de esa lógica de la excepción, el mercado turístico queda librado a la contingencia del clima: si llueve, la temporada se evapora.

​La trampa de las gacetillas alegres

​Mientras las secretarías de turismo municipales festejan el "récord de visitantes" contabilizando los autos que cruzan los peajes, los sectores del trabajo y la pequeña empresa hotelera procesan la crisis puertas adentro. El error conceptual del discurso oficial es deliberado: confundir deliberadamente flujo de personas con generación de riqueza comunitaria. Récord de visitantes ya no significa récord de pernoctes, y mucho menos récord de ingresos genuinos para la localidad.

​La trampa del modelo actual se corporiza en el mostrador del hotel tradicional del centro. Mientras las nuevas formas de alojamiento informal o los emprendimientos de lujo periféricos retienen la renta del sector, la hotelería clásica es la que debe hacer frente al aumento desproporcionado de las tarifas de energía, las tasas municipales y el sostenimiento de los puestos de trabajo con estructuras vacías.

​La pregunta que la gestión política y comercial insiste en eludir queda flotando sobre la calle Techada: ¿de qué le sirve a una comunidad ser el destino más publicitado del valle si el visitante ya no puede dejar su dinero en el territorio?

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