Por David Elías
En Capilla del Monte, la política parece haber mutado hacia una forma abstracta, casi etérea. Mientras la gestión municipal exige pies en el territorio y oídos en el vecino, el intendente Fabricio Díaz parece haber encontrado una nueva modalidad: el mando a distancia. Según cuentan los pasillos de la localidad, el jefe comunal reparte su tiempo entre los deberes locales y una agenda provincial que lo mantiene, metafóricamente —y quizás no tanto—, instalado en el campanario de la iglesia. Una suerte de vigía que desciende al pueblo apenas un par de veces por semana, como quien cumple con un trámite burocrático antes de volver a las alturas de la estructura gubernamental mayor.
La pregunta que flota en el aire serrano es, en realidad, un interrogante que atraviesa toda la lógica administrativa del presente: ¿es posible gestionar un municipio mientras se cobran haberes por cargos provinciales? La figura del "funcionario todoterreno" no es nueva, pero en el esquema capilla-céntrico —donde los nombramientos se suceden con la velocidad de un pase de magia, como aquellos que reparte la vicegobernadora Prunotto— cobra un tinte particular. Se trata de la entronización del "teletrabajo político", esa curiosa disciplina donde marcar tarjeta es opcional, pero el cobro del sueldo está garantizado por partida triple.
La ironía es fina, pero el fondo del asunto es bien terrenal. Mientras desde sectores locales —que se arrogan la defensa de la "identidad" capilla bajo el ala de La Libertad Avanza— se denuncia una supuesta desconexión con la realidad, el municipio se debate entre los mitos de la "huella del pajarillo" y la urgencia de una administración que, dicen, se maneja como si fuera un engranaje de una maquinaria distante. Es el choque entre dos mundos: el de la política de escritorio, donde el poder se ejerce por decreto y distancia, y el de la historia local, esa que, según los vecinos, está marcada por los viejos enfrentamientos contra quienes, históricamente, vinieron a urbanizar a precio de saldo las tierras de los nativos.
"Exprópiese", decían los antiguos relatos sobre los intereses foráneos que moldearon el paisaje de Capilla. Hoy, esa palabra parece haber sido sustituida por el silencio administrativo. El intendente, ausente en su propia oficina pero presente en los cargos que la provincia provee, encarna la paradoja de un poder que prefiere mirar el pueblo desde lejos. Una gestión que, lejos de ser la promesa de cambio, parece haberse quedado atrapada en esa vieja costumbre de la política argentina: la de entender que el territorio es solo un escenario, y que el despacho real, a fin de cuentas, queda siempre en otro lado.